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viernes, 15 de junio de 2012

Escritora 2.0


Excelentes noticias, mi gente. He progresado: éste junto con tres temas más de posibles post los anoté en el celular. Estaba lejos del alcance de un anotador y de una lapicera pero con mi celular a mano.
Y así fue que tomé nota de las ideas en el block de notas de mi teléfono móvil. Cada día más pro, y cada día soy una escritora de esta nueva era.
¡IM-PRE-SIO-NAN-TE!

viernes, 1 de junio de 2012

El mejor piropo


¿Quién no ha recibido alguna vez un piropo? Hay varios: divertidos, cursis, guarangos. “Está más buena que comer pollo con la mano”, “que adelantada está la ciencia que hasta los bombones caminan”,  “ojalá fuera baldosa para verte toda la cosa”. Y así, páginas y páginas en internet.
El martes una amiga de mamá me dijo el mejor piropo que jamás me podrían haber dicho. Todo surgió a raíz de las nuevas medidas económicas implementadas en los últimos días: el famoso y nunca bien ponderado cepo al dólar. Intercambiando mensajes de texto sobre cómo diantes viajar a Estados Unidos porque, por si no estaban al tanto, Patacones y Lecops no aceptan los hermanos del norte, dije con toda tranquilidad: “voy a encontrar la manera de ir. ¡Como sea!”. Respuesta de Vicky Tomé: “me encanta tu optimismo”.
Gente, si me hubiese dicho “¿31? Parecés de 25” (a los casi 32, eso es todo un halago); “te ves essspléndida”; “pero si no tenés panza”; “yo no te veo celulitis. Tenés las nalgas de…” (completar la frase con el nombre del gatienzo predilecto), no me hubiese hecho tan feliz como con esa frase. Ni divertido, ni cursi, ni guarango. Simplemente una cuota extra de alegría. ¡Gracias y mil gracias!

jueves, 24 de mayo de 2012

Mejor en bici


Así como el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires hace un tiempo lanzó el programa Mejor en Bici – una práctica sustentable en la que se fomenta el uso de la bicicleta como transporte saludable, ecológico y rápido – yo opté por difundir mi propio proyecto: Subte del or...no me vas a arruinar el día.
¿En qué consiste esta iniciativa? Básicamente, en utilizar la bicicleta para ir y volver del trabajo, ir al club o a cualquier otro lugar sin que los contratiempos del tránsito, los paros de subte y los humores cambiantes – más cambiantes que embarazada primeriza - de los delegados de Metrovías entorpezcan mi rumbo.
Así pues, y como no me alcanzan mis ingresos mensuales para comprar y mantener un auto ni un sidecar, realicé una pequeña inversión y mandé a poner a punto mi vieja y querida bicla. De esta manera, procederé a utilizar lo menos posible los medios de transporte público al mismo tiempo que oxigeno mi cerebro antes y después de las jornadas laborales, y tonifico mis ya no tan tonificadas nalgas. Sin dudas, esto es una win-win situation.

PD: Prometo registro gráfico

miércoles, 16 de mayo de 2012

Dime dónde trabajas…


Corría el mes de marzo cuando una lumbalgia desfachatada me impidió ir a trabajar y me tuvo en cama un día. Como ya mi cuerpecito venía dando señales de molestias varias, el día anterior tuve consulta con la reumatóloga que, con mucho criterio, me mandó a hacerme un espinograma y una radiografía panorámica.
Ya que no había ido a trabajar, después del mediodía tomé coraje y fui al centro de diagnóstico por imágenes que queda a unas cinco cuadras de casa. Allí iba yo, despacio y respirando hondo entre paso y paso para intentar que me doliera menos la cintura.
Llegué al centro de diagnóstico, tomé al ascensor y me dirigí a la recepción donde me iban a realizar los estudios. La persona encargada de este menester administrativo – un NN masculino él – toma las órdenes, me pide la credencial de la obra social, que firme en el reverso de la papeleta y toda esa información (que, por otro lado, nunca entendí para qué diantres la piden) que suelen solicitar.
Tomé asiento y esperé pacientemente mi turno. Sale una persona de un box, me llama y en menos de diez minutos el espinograma ya estaba hecho. Me vuelvo a sentar y no había terminado de sacar el libro que nuevamente escucho mi nombre. Esta vez era el turno del la radiografía panorámica. Mi pregunta fue ¿panorámica de qué y para qué? Ya se van a enterar.
Entro al consultorio, la médica me dice “seguime, María” (ésta también continua creándome un conflicto de identidad). La sigo obedientemente y me entrega un chaleco para que me pusiera por sobre mi ropa. Sin embargo, este chaleco no era nada normal. Digamos, en cuanto a fisonomía sí, pero pesaba una tonelada y media. Mis lumbares agradecidas… Me coloco el chaleco y me da una especie de forro de celofán que tengo que colocar en un dispositivo raro. Me dice: “abrí la boca y apoyá el paladar acá” (mientras señala el aparatejo). Nuevamente, sumisa y obedientemente, hice lo que me pidió y para mis adentros me preguntaba “¿Para qué… (complete la frase con el vituperio de su agrado) tengo que hacer una panorámica de la boca?” No hubo respuesta; tampoco pregunté, a decir verdad, pero el sólo hecho de tomar imágenes de mi boca no era compatible con el dolor lumbar. 
La incógnita se develó casi diez días después cuando volví a consultar a la reumatóloga con todos los resultados. Miró el espinograma, leyó el informe y me tranquilizó cuando dijo que estaba todo casi normal. Después analizó una resonancia que me había hecho en otra oportunidad. Finalmente, tomó la panorámica. ¡Ahhh! Momento sublime cuando vio todos mis dientecitos… Con cara de mezcla “¿me estás jodiendo?” y sorpresa me miró y me dijo “¿Y esto qué es?” Pobrecita, Dolores, con toda la candidez del planeta le dijo “Y ¿qué sé yo? Vos me mandaste a hacer una panorámica”. La respuesta fue merecedora de un Oscar: “sí, pero de cadera”.
La verdad me sentí una ignorante, una despistada por dejarme radiografiar sin controlar, pero en mi defensa quiero aclarar que no leí la orden, que no era mi obligación leerla y que no trabajo en el Centro de Diagnóstico Rossi como para tener que estar controlando qué y qué no me radiografían. 
También en mi defensa puedo mencionar que el recepcionista no era la persona más lúcida del planeta. Como si fueran pocos los conflictos con mi nombre, a eso le tenemos que sumar los embrollos que genera mi apellido. No es que sea ultrahiperarchicomplejo; en absoluto. Simplemente tiene tres vocales juntas y la gente cuando lo oye entra en estado de trance y no sabe cómo escribirlo. Por eso cuando me preguntó mi apellido dije “Seoane” y automáticamente comencé “S-E-O-A-N-E”. Nótese que la primera letra es la S: S de sandía, de susto, de ¡SALAME! Este NN – Natalia, Natalia o nabo, nabo – escribió en todas las órdenes Ceoane, con C: C de casa, de cuco, de corto (y no de estatura sino de mentalidad).
Ya sé: si fuese más iluminado, estaría dirigiendo el país y no ingresando órdenes en un centro asistencial, pero cada uno es responsable de su trabajo y de que salga lo mejor posible sea de la envergadura que sea. A mi hermana le digo (que todavía se descostilla de la risa cuando se acuerda de la anécdota): yo trabajo en Banco Galicia; lo que sucede en Rossi no es mi responsabilidad. ¡He dicho!

viernes, 4 de mayo de 2012

Mi nombre no es Sam, es María Dolores


Toda mi vida fui María Dolores Seoane. En la partida de nacimiento dice eso, en el DNI, en el pasaporte, en la licencia de conducir. Mamá y papá me hicieron creer eso a lo largo de más de veintinueve años; hasta que comencé a trabajar en Banco Galicia.
Allí un papafrita decidió que todas las direcciones de correo electrónico tendrían la siguiente estructura: primer nombre, punto, apellido, arroba, banco galicia, punto, com, punto, ar. Algo así:
Sin embargo, el muy iluminado no reparó en que más del setenta porciento de las mujeres llevamos como primer nombre María: María Susana, María Victoria, María Loquesea. En mi sector somos siete Marías. Una sola es María pura cepa; las demás somos María Algo.
Y desde hace casi dos años que sufro de una crisis de identidad. Me llamaban por teléfono y me preguntaban mi nombre y yo balbuceaba “ehhhh, Do..., Mmm, María. María Seoane” (como James, James Bond).
Me odiaba, odiaba al que me preguntaba, odiaba al responsable en Sistemas de este moco sin precedentes. Me preguntaba cuan estúpida la gente pensaba que era por no saber mi nombre. Hoy, veintitrés meses después, ya puedo decir “María” sin dudar, pero cada vez es mayor la cantidad de personas y lugares donde me llaman por mi primer nombre, dentro y fuera del Banco.
Cuando me efectivizaron, además de ese logro conseguí una D en mi dirección de mail: maria.d.seoane. Ni aumento, ni promoción, ni un cuerno; sólo una mísera consonante identificatoria. Aun así, la gente me sigue diciendo María. No importa que tenga la D en la dirección, ni que la firma diga “Prof. María Dolores Seoane”. No, no, nada de eso: María y punto. 

Je m’appelle Jordi


¿Cuál es la técnica universalmente conocida para volver a conciliar el sueño cuando uno se desvela? Correcto: contar ovejitas.
De la misma manera, también muchas personas ponen en práctica tomar un vaso de leche tibia, rezar un Padre Nuestro o – en el peor de los casos – entrarle a las mágicas e infalibles pastilocas. Éstas sí que no fallan a menos que el grado de locura sea extremo.
Sin embargo, Dolores encontró OTRA técnica. Dolores soy yo; por supuesto. La pibita se despertó a medianoche y de la nada se puso a conjugar el verboide Ser en... ¡¡francés, mi gente!! ¿Ustedes lo pueden comprender?
Sí, así de patológico es mi estado mental. Les describo la escena: Dolores ABSOLUTAMENTE dormida, se despierta de la nada misma y arranca “Je suis; tu est; il est; nous sommes; vous êtes; ils sont”. ¿Y creen que hasta acá llegó su locura? Claro que no. Porque la muy loquita se acordó de que la pronunciación de sommes (se pronuncia som, parce que -mmes final ne se prononce pas) y de sont (parce que -nt final ne se prononce pas), y no sólo eso: sino que repitió el versito “ne se prononce pas” que le repetían sus profesoras de franchute en el colegio.
Hoy le conté a una amiga que habla muy bien francés y se reía de mis locuras. Ingenuamente me comentó: “No sabía que hablabas francés”. La realidad es que estudié (por utilizar una palabra, pero la realidad dista bastante de ello) desde 1993 a 1997, pero de ahí a hablar el idioma es otro cantar. Me gustaban las clases pero eran esas horas en que veinticuatro delicuentes tiraban abajo el aula por eso no daba intentar aprender un idioma como una ñoña. Claramente, no era mi estilo. Pero eso sí: un centenar de años después de eso, me desvelo y qué mejor que conjugar un verboidecito como para matar el rato.
¡Ay, Dios y la virgen! Sé que soy inofensiva, pero ante la duda voy a evitar comentarle esto a la psicoloca. Temo que me indique una camisa de fuerza y un viaje al loquerito sin escalas. C’ est la vie!

lunes, 23 de abril de 2012

Duda existencial


¿Seré especial? (Para utilizar un término políticamente correcto) ¿Seré superdotada? (Lo dudo seriamente) ¿Estaré más trastornada de lo que pensaba? (Esa posibilidad se acerca más a la realidad).
El tema es que ahora...sueño en inglés. Sí, sí, así como lo leen. Así de bilingüe soy. Ya a esta altura ni recuerdo su contenido pero sí que tenía una conversación con algún otro delirante que le daba bola a mi subconsciente pero en inglés. Qué nivel ¿verdad? Lo que no termino de deducir es si el nivel es de cultura o de locura.

domingo, 22 de abril de 2012

I didn’t see this coming


Estoy preocupada. Recuerdan la señora del subte, su hijo y la farmacéutica, el niño asesinado de San Vicente. Y ahora, la madre, la loca, la filicida es suicida. Sí, así nomasito como lo leen. Se ahorcó la muy colifata. Quiso “cagar al padre” pero cagó el chiquito y después…cagó ella misma. ¡Ay, mi Dios, esta gente!
Miren que hay locos, conozco varios, soy una de los integrantes de ese grupo no tan selecto. Sin embargo, me di cuenta de que soy de los locos lindos; casi inofensivos podríamos decir.
Bueno, estemos atentos a los mismos titulares del post anterior pero ahora busquemos en Crónica algo de madre recientemente inyectada que se suicida o suicidio en farmacia de Belgrano o algo similar. No sé, por las dudas. Y otra vez: no digan que no avisé.

Fin del comunicado



sábado, 7 de abril de 2012

Todo vuelve en esta vida

Frases como “no le hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a vos”, “la vida es un boomerang” o “en la vida todo vuelve” son célebres y siempre están rebotando en la conciencia de la GCU (léase, Gente como Uno) que es buena y que se esfuerza día a día por ser mejor, y que intenta desesperadamente no caer en las tentaciones o imitar malos modelos.
Y hace unos días comprobé que es así: la vida te pasa factura. Sin embargo, ésta fue una divertida. Una noche como cualquiera otra dentro de mi rutina semanal, dejé preparada la mochila con las cosas para ir a nadar a la mañana siguiente. Cuando me estaba por acostar, me dije “mmm ese bártulo está muy en el paso” pero me negué a que mi neurosis me llevara a correrlo de lugar. Entonces, después de darle la espalda a mi locura, me acosté y se terminó la historia. En realidad, no se terminó sino que quedó en stand by hasta la madrugada. Cuando todavía no había asomado Febo, mi vejiga comenzó a anunciarme que necesitaba descomprimir. A regañadientes y con las luces de mi dormitorio y del baño apagadas me dirigí a responder a sus deseos. Hice todo lo que tenía que hacer y volví, casi como una autómata, a continuar con mi horario de descanso.
En el momento que atravesé la puerta de mi dormitorio – a oscuras, siempre a oscuras –  ¡PUM! patadón a la mochila. Pero esto no es todo: salí volando desde la puerta a la cama sin escalas. Y no me quejo porque aterricé en mi confortable lecho y no en el duro suelo. Todo transcurrió en una milésima de segundo: patada, vuelo con estilo, aterrizaje seguro y…vituperio desenfrenado “la puuuuuutaaaaaa madreeeeee”.
Una vez pasado el momento, en plena madrugada, me asaltó un ataque de carcajadas irreprimible cuando recordé las veces que mi querida madre – Doña Silvia Matilde Rovira (le antopongo el Doña porque le da aire de nobleza, aunque no tiene ni aire acondicionado) puteaba y reputeaba en el mismo momento de la madrugada luego de haberle apuntado a alguna de las dos valijas que mi hermana y yo llevábamos al colegio como un nueve habilidoso de algún gran equipo de fútbol. “Silvia sale de la cama atraviesa el pasillo de distribución, toma en dirección a la cocina, se enfrenta al sillón de un cuerpo, apunta y…“la puuuuuutaaaaaa madreeeeee”. Después, ya con Febo presente, continuaban otros vituperios más personalizados como “me cago en ustedes dos que dejan esas valijas de mierda en el medio del paso”. ¡Ahh, no sí! Esos eran despertares llenos de dulzura.
En ese momento no imaginaba que, años después, recordaría a las carcajadas esas mañanas a puro reproche. Sin embargo, hoy puedo decir sin que me tiemble el pulso que todo vuelve, lo bueno y lo malo. Y lo no tan malo también porque esto, en realidad, era un descuido de niños, pero les aseguro que me reí a lo grande. 

miércoles, 4 de abril de 2012

Muy buenas nuevas

¿Se acuerdan del colectivero nerviudo? Sí, ese que mencioné gentilmente y con una cuota extrema de represión en el post "Sr Colectivero, tóquese la nariz". Resulta ser que hoy lo volví a encontrar en el mismo bondi, en el mismo recorrido, por el mismo canal.
Hay buenas noticias, gente linda: el señor leyó mi post aparentemente y comenzó un tratamiento para controlar la ansiedad.
Sin embargo, no todo es color de rosa, no todo lo que brilla es oro. Claro que no. Todavía debe estar ajustando la dósis. Los que pasamos por estos avatares psiquiátricos sabemos que, al menos, los primeros diez días son de adaptación a la dósis. Y éste también es el caso de mi querido chófer público. Al principio veníamos bien, pero ya en la Av. del Libertador a la altura del Sheraton el tránsito se puso espeso y mi estimado arremetió con la bocinita y su característico "arribaaaa" sin piedad.
Démosle tiempo al señor y al resorvorio de ansiolíticos para que haga efecto y logre calmarse. Siga así, mi querido, que va bien; muy bien.

martes, 3 de abril de 2012

Haz lo que yo digo Y lo que yo hago

¿Quién alguna vez no citó esta frase? ¿Quién no fue testigo de personas – cercanas o no – que decían una cosa pero actuaban diferentemente?
Raramente diga A y haga B; soy loca pero consistente: si critico a las personas que fuman, no fumo; si te taladro la cabeza para que te cuides con las comidas o hagas deportes (por citar algunos ejemplos nomás), es porque antes también me cuido yo.
El otro día fue mi prueba de fuego. ¿Alguna vez mencioné lo salvaje que era de pequeña? Sé que algo de esa característica deslicé en algún que otro post. Sin embargo, no creo haber sido lo suficientemente veraz en esa descripción. En serio, gente, era una incorregible, pato criollo, una revolucionaria, una salvaje con todas las letras.
Aunque tenga miles de situaciones que ilustren este rasgo, me voy a atener a contarles que me rompí el tabique de la nariz por subir a donde no debía; me abrí el mentón por correr por donde no debía; me quebré la pierna por meterla en los rayos de la bicicleta, y la infecté por introducir una moneda dentro del yeso, claramente, donde no debía.
Entre otras tantas travesuras, también mi prontuario tiene registro de una cantidad innumerable de vueltas en la calesita de garrón. ¿Y cómo es esto? Muy sencillo: subía a la calesita y empezaba a caminar al revés.  De esta manera, el calesitero – Antonio (viejo cascarrabias como pocos) – no advertía de nuestra presencia (sí, yo era el músculo pero había un cerebro detrás de todo este plan macabro – María Victoria Fernández Löbbe, mi mejor amiga) hasta que nos mareábamos y terminábamos girando en el MISMO sentido que la calesita, y ahí nos corría a los gritos por sinvergüenzas. ¡Ahh, qué tiempos aquellos! Nuestra única preocupación era no ser enganchadas en esta travesura inofensiva.
Pero todo eso es historia, c’est fini! Ahora soy una persona adulta, con una niña quilombera dentro, pero adulta y responsable al final de cuentas. Por eso el sábado cuando llegamos con Valen a la misma calesita a la que yo iba, no me quedó más remedio que predicar con el ejemplo. Las condiciones estaban todas dadas. Por una lado, ahora me pregunto si no habría una cámara oculta para controlarme porque, ahora que lo pienso, fuimos Valen y yo solas. Alguien – entiéndase mi hermana o algún ser superior – podría estar tentándome para ver cómo actuaba y qué ejemplo daba. Por otro lado, es sabido que todos adooooraaannnn a la chiquita pero nadie se fuma los temas bajón de Xuxa si para eso está Dolito.
No obstante, prediqué y cómo con el ejemplo. Llegamos a la calesita y estaba meta dar vueltas con un niñito con cara de dopado sentado en los mismísimos carritos, caballitos y helicóptero de aquella época, pero la persona encargada no estaba a la vista. Me asomé al bunker de ventas y nada. Pensé “la subo a Pupu y después abono la vuelta”, pero me acobardé. ¿Y si la calesitera me retaba? ¿Y si no me creía que le iba a pagar? ¿Y si conocía mi prontuario de garronera de vueltas en calesita? Porque al fin de cuentas, esta señora es la viuda de Antonio y, tal vez, en alguna cena entre bocado y bocado dejaba deslizar su enojo con Vicky y con quien les escribe. Es por eso, que no me podía arriesgar y no lo hice. Estaba mi pequeña de por medio, mi reputación como tía y adulta responsable, y el concepto que ella tiene de mi en juego. Costó pero lo logré. La tentación fue grande, el deseo de vivir la adrenalina de subir gratis a la calesita fue una tentación que pude resistir. Eso sí: la presión fue casi insostenible. No sólo tengo la presión de la fama como la Mirtha sino que ahora también tengo la presión moral ante una blanca palomita en pleno desarrollo. 

lunes, 2 de abril de 2012

¡Y no digan que no les avisé!

¿Se acuerdan del asesinato de San Vicente? ¿El de la mujer despechada que mató a su hijito, Tincho, para – según sus propias palabras – “cagar al padre”? ¡Cómo para olvidarlo! Todavía recuerdo la cara de colifata que tenía la señora en la foto.
Bueno, resulta que hace unos días iba hacia la oficina en el subte nuestro de cada día. Saqué el libro de la cartera con toda la intención de sumergirme en la lectura cuando una amable congénere tomó la determinación de hablar por teléfono celular con su santa madre tooodo el recorrido (¡bah! No sé si todo pero sí unas cuantas estaciones). La cuestión es que la mujer le decía a su madre: “Ay, mamá, pero son todos iguales; son de terror, no les importa nada ni nadie”. Se podrán imaginar que no la iba a interrumpir y preguntarle de quién o qué hablaba, pero ya que su tono ofuscado y su interrogante interrumpieron mi lectura, no me hice demasiado problema y me dediqué a seguir la conversación e intentar descifrar de quién hablaba. ¿Quiénes son todos iguales? ¿Los hombres? ¿Los bichos bolita? ¿Los japoneses? (Sí, sí, sí. No se hagan y me acusen de racista, pero los muy degenerados son todos iguales). Mas no, los niños de hoy en día son todos iguales según esta señora.
Al parecer, había ido con su hijo a una farmacia a aplicarse una inyección y comenzó a sentirse mal. Y la criatura, en vez de solidarizarse con su agonizante madre, se portó para los diez mil demonios. Tanto fue así que la farmacéutica aplica inyección le llamó la atención al querubín y le pidió que se comportara porque su madre se sentía para el cuerno. Caso omiso, hizo el delincuente este, por supuesto.
Mientras la madre seguía despotricando contra su hijo y su generación de que “es la culpa de los dibujitos y de los juegos con sus compañeros” y de que ya no sabía cómo manejarlo, en mi fuero interno pensaba “este cristo termina boleta como el de San Vicente”. (Nota de color: la muerte temprana de esta blanca palomita no me importó tanto como el post en el blog que me iba a mandar). Acto seguido la mujer le comenta a su madre “¿Viste el chiquito de San Vicente?” Ahí me dije “cagó el pibe”. Después de este perturbador comentario, madre e hija intercambiaron algunas palabras más y se despidieron al son del “sí, bueno, después hablamos más tarde”.
Cómo habrá terminado esta historia, ¿quí lo sa? Me tranquiliza saber que no salió en las noticias el caso del chiquito asesinado en el barrio de Belgrano por madre recientemente inyectada o asesinato en farmacia de Belgrano. Eso me deja respirar más fluidamente pero estoy alerta y sigo diariamente Crónica TV.
Digan y piensen lo que quieran, llámenme negativa si lo desean, pero después no digan que no avisé. Esto es un hecho verídico y sucedió en la línea D del subte. No sé qué podrá suceder pero, por las dudas, dejó plasmado aquí este llamado de alerta. 

Casi una pro

Sí, es así: soy casi una escritora profesional. Si bien no tengo ningún material de mi autoría o plagiado editado, y debo tener sólo cuatro o cinco seguidoras (si se van enumerando entre ustedes, evacuamos esta duda, chicas), hoy creo que me puedo considerar profesional. Es lunes, 2 de abril, feriado, son las 03:58 am, y yo acá escribiendo porque el sueño decidió pasar de largo por mi casa. Así como Papá Noel o los Reyes Magos cuando te portás mal. Para matar el tiempo, me vine a la computadora a escribir. Me falta el vaso de Whisky (que no hay en mi casa), y el cenicero y el pucho (que menos que menos).

miércoles, 28 de marzo de 2012

Sr. Colectivero, tóquese la nariz...


...si no tiene nada mejor que hacer con su manita. Eso fue lo que pensé todo el camino desde el club hasta la oficina.
Parece ser que el señor no conoce de la contaminación sonora, del manejo de la ansiedad, de la existencia de ansiolíticos. En su defensa, el tránsito era un caos, los colectivos salieron con bastante diferencia unos de otro de la terminal, y encima subían de a 5 en casi cada parada.
Y cuando la fila interminable, con los personajes de siempre (ver post No todo es como parece), subía lentamente este buen señor, con una ansiedad particular repetía “arribaaa”. Pero no sólo eso, no mis queridos amigos, todo el viaje - desde Av.del Libertador y Crisólogo Larralde (o Republiquetas para los más veteranos) hasta Av. Alem al 200 – rompió la paciencia con su reiterativo “pipiip” de la bocinita. ¡Sunescandalounabusoooooooo!
A pesar de todos estos avatares, ¿no sabe que por mucho tocar la bocina es posible que los autos, taxis, colectivos, motos y sidecars no avancen? Si le cuesta entenderlo, venga que se lo explico, pero, por favor, ¿me haría el favor de aflojarle a la bocina? Doy por concluida mi reflexión; no quisiera excederme.

sábado, 24 de marzo de 2012

La lluvia es sólo eso: Lluvia

Y de la misma manera, el pelo es simplemente pelo. Si se cae cera depilatoria en el pelo, tijeretazo y ¡listo!
No dejemos que nimiedades como éstas nos quiten la sonrisa. La lluvia pasa, el pelo crece. Pero el tiempo se va y uno nunca recupera ese momento para intentar ser un poco más feliz. Yo comencé hoy, luego de mejorar un corte de pelo inmaculado con un peculiar tijeretazo :)

viernes, 23 de marzo de 2012

No todo es como parece

La verdad es que no soy partidaria de las conversaciones, discusiones o debates de índole político. No me gusta, me llena el alma de amargura. A tal punto que me molesta el uso de una maravillosa herramienta de ocio laboral como es Facebook con fines políticos, a favor y en contra. A llorar, a la iglesia; a putear, por la ventana.
Como no tengo una orientación política definida, trato – en la medida de lo posible – ni hablar a favor ni hablar en contra. Sin embargo, en este caso, voy a darle a mi amiga personal Cristina un poco de crédito, destacar un punto positivo en toda esta gestión. Es por eso que hace un tiempo que vengo reflexionando sobre las bondades de la tarjeta SUBE, tan en boga últimamente.
Para contextualizarlos un poco, SUBE es el Sistema Único de Boleto Electrónico, y surgió como consecuencia de la reiterada y ya casi alarmante falta de monedas. Gracias a esta tarjeta, los usuarios de todos los medios de transporte podemos disfrutar más de nuestros viajes porque es más rápido, más cómodo por el simple hecho de que genera menos esperas a la hora de obtener un boleto (is that so?), más seguro dado que los usuarios hacemos menos uso de efectivo, y más ecológico porque se imprimen menos tickets. En términos generales, gracias a este novedoso método, viajamos mejor. ¿Viajamos mejor?
Además de todas estas bondades y del subsidio que vamos a poder continuar gozando, se utiliza tanto en colectivos, trenes y subtes. Pero no sólo eso; ¡No, señor! También es muy útil para evitar que las personas con manitos de manteca - o mal de Parkinson, en el peor de los casos - dejen caer la parva de monedas justo frente a la máquina con una cola de no menos de diez personas detrás. Es recomendada para el Papafrita-saco-las-moneditas-frente-a-la-máquina que, a pesar de haber esperado el bondi cincuenta minutos reloj, saca las monedas en el mismo momento que le pide su pasaje al Sr. Colectivero. Y por supuesto, siempre se le caen, o no las encuentra, o son falsas y la máquina las escupe sin piedad.
Hoy elijo este espacio para dejar de lados las diferencias políticas y agradecer por este maravilloso método de pago. ¡Gracias, SUBE, por hacer nuestros viajes más cómodos y mejores!

La imagen es porque no se la cree ni ella



A mi público me debo

Cuando comencé a escribir en este blog, nunca lo hice con la idea de tener gente atrás leyéndolo. Fue, en principal y única medida, una manera de llevar adelante un hobby de un modo más aggiornado, y no caer en el cuaderno y la lapicera que seguramente utilizaban grandes amantes de las letras como María Elena Walsh o María Esther de Miguel como para nombrar a algunas.
Pero ayer esa irrealidad llegó a su final, cuando mi hermana me comentó que sus amigas del trabajo – en realidad mencionó a Caro, pero puede estar el resto de las secuaces – preguntan asiduamente si “¿tu hermana escribió algo nuevo en el blog?”. ¡Sudor frío por la espalda, argentinos y argentinas!
La sensación fue ambivalente. Por un lado, un halo de esperanza en mi camino ya que algún día puedo llegar a ser famosa y vivir de una pasión reprimida como es escribir. Por el otro, sentí el peso en mis hombros y espalda. ¡Comprendí lo que es la presión de la Mirtha! Mirtha, la única, la mejor, la Legrand.
Ahora entiendo que debo estar siempre perfecta, siempre inmaculada, con una sonrisa dibujada en mi rostro, peinada a la perfección (por Giordano, claramente) y depilada (prometo pasarme la Epileidy sin falta hoy mismo). Sin embargo, lo más importante es que consiga a unas Elba y Elvira, y la infaltable rosa blanca urgentemente. La Mirtha no es nadie sin ellas; yo tampoco podría serlo. Hoy mismo, Epileidy en mano, me pongo en campaña.
A mis fieles seguidores y seguidoras, prometo entregarles lo mejor, llenarlos de imperdibles anécdotas. ¡A ustedes me debo!


miércoles, 21 de marzo de 2012

Desfragmentando el rígido

Hace tiempo ya que me dicen que tengo una memoria prodigiosa, envidia de varios. Para mi tía Ale, soy “Funes, el memorioso”. Datos curiosos y no tanto, información relevante y de la otra, detalles con y sin sentido son diariamente almacenados en mi memoria. La de los elefantes, creo, es un poroto al lado de la mía. Y hoy, esa sospecha llegó a su punto cúlmine.
Siguiendo mi rutina semanal, hoy miércoles me levanté temprano y cumplí con mi hora sagrada de natación. Luego de la clase, vino el baño-ablande a los tiros, me vestí y salí a tomar el 130 nuestro de cada miércoles. Inusitadamente, llegó casi sin demora y casi sin pasajeros, y yo más feliz que niño en Navidad me fui con todos mis bártulos a acomodarme en un asiento individual.
En la segunda parada, subió un hombre de unos cuarenta años. Todo indicaba normalidad salvo por el simple hecho de que enseguida le vi cara conocida. El susodicho se acomodó en un asiento doble a la misma altura de donde me encontraba yo. Gracias al avance de la ciencia, a mi oftalmólogo y a la cirugía láser que hace tres años me corrigió un astigmatismo machazo, pude alcanzar a ver la tarjeta de acceso que llevaba prendida de su cinturón. Sí, esas tarjetas identificatorias que varias empresas utilizan para permitir el ingreso y salida de sus empleados al edificio de la compañía. La misma rezaba “Pluchinotta, Leonardo”.
¡Pero, claro! El condenado éste era – en realidad, sigue siendo – el padre de un alumno que tuve allá lejos por 2008. ¡Sí, señores! Hasta ahí llega mi memoria. No sólo recordé la cara, recordé el nombre de mi alumno – Marco, cómo para olvidarlo – sino que también recordé que este buen hombre trabajaba en Telmex y ahora su tarjeta era de Claro. ¿Alguien puede entender este lujo de detalle? ¿Para qué me sirve? ¿Por qué mi ya agotado cerebro se empeña en guardar estos datos que a nadie le importa y que, claramente, de poco o nada me sirven?
Esto hoy puede resultar anecdótico, simpático inclusive. Sin embargo, cuando llegue a una edad más que respetable, esa edad en que te acordás de lo que hiciste allá por 1930 cuando tenías 10 años y tu abuela te daba vino caliente antes de ir a la escuela, pero no te acordás qué almorzaste ese día este problema va a ser bastante más grave creo yo y un rígido de 5TB (cinco terabytes) no me va a alcanzar para archivar toda la data que fui almacenando con el correr de los años.
Juro que me propongo, hablo conmigo misma, le hablo a mi cerebro y trato de convencerlo que si es astuto va a dejar ir este tipo de información pero no hay caso. Estoy empezando a creer que tengo que idear una manera de poder eliminar la información irrelevante almacenada de tanto en tanto. Algo así como desfragmentar el rígido cuando la compu anda lenta como una carreta. Si alguien sabe de algún método sin tener que caer en una lobotomía, tenga a bien comunicarse por mail, sms o comentario en algún post que será más que agradecido.


viernes, 16 de marzo de 2012

Amor a primera vista


¿Existe el amor a primera vista? ¿Alguien cree en el amor a primera vista? Yo no hasta que lo conocí hace tres años; Valen me enseñó que existe el día que nació.
Algún día, vas a aprender a leer y vas a enterarte de la existencia de este blog. Ese día quiero que sepas todo lo que significás en mi vida desde el primer momento que te vi.
Mi negra preciosa: en cuanto Abi te puso en mis brazos, te amé y comencé a llorar desconsoladamente de la emoción. Después de nueve meses y una tarde interminable de trabajo, llegué al Otamendi a conocerte. Nunca un viaje en subte de José Hernández a Facultad de Medicina me resultó tan largo.
Estabas despeinada, cachivache de mi corazón, roja, hinchada, parecías el Bodoque de “La Era del hielo”, tenías los pelos renegridos como vos sola. ¡Eras feíta! Sin embargo, siempre supe que tendrías mucho potencial. Bien bajito y en secreto, me acerqué a tu oído y te dije: “la tía siempre te va a amar, por más fea que seas”.
Y así fue y así es: te amo con todo mi corazón. Tres años después, con orgullo puedo decir que tengo la mejor sobrina del Universo. Sos linda, sos dulce, sos rea, sos simpática, sos testaruda, sos ADORABLE.
Dicen que el amor materno es el más puro y desinteresado. En lo que a mí respecta, el amor que siento por vos es igual de incondicional. Siempre vas a ser mi “Turu”. Siempre, siempre, siempre vas a poder confiar en mí con la tranquilidad que daría mi vida por vos. Pequeña de ojos vivaces, ¡que los cumplas muy feliz! Ser tu tía es mi mayor orgullo.

miércoles, 14 de marzo de 2012

¿Qué te puedo decir?

Éste fue el diálogo con mi jefa, hoy:

Erica: Pero, Dolo, decime ¿es buena?

Dolo: Y, Eri, es mi amiga. ¿Qué te puedo decir? Para mí es la mejor.

Sencillamente, es lo más objetiva que puedo ser.

sábado, 10 de marzo de 2012

Avísenle que es más arriba

¿Lo soñé? ¿Es creencia popular? (Como la historieta de untarte con tomate para aliviar las quemaduras solares que me enseñó mi abuela) ¿Es un mito urbano? Lo cierto es que a mí me contaron que los ciegos por no hacer uso de uno de los sentidos tienen el resto más desarrollados. Es por eso que tienen una agudeza superior en cuanto al tacto, al olfato, al gusto y a la audición.
Bueno, entonces que alguien le avise al murciélago vecino de este detalle peculiar porque el muy papafrita se choca constantemente con la persiana de mi dormitorio, y así interrumpe mi ya alerta y sobresaltado sueño.
Sí, estoy durmiendo superficialmente como hace ya casi dos años y…PUM; minutos después…segundo PUM. ¿Y el olfato para distinguir el hormigón de las paredes de la madera de la persiana? ¿Y el tacto en las diversas texturas? ¿Y el GPS y su inconfundible “recalculando”?
Perejil, ¿qué andás tomando? ¿Será algún miorrelajante para suavizar la contractura que te produce el dormir patas para arriba? Me banco tu cacota, tus ruiditos molestos de roedor pero no me jodas con la persiana. Probá con darle a tu aterrizaje unos veinte centímetros hacia el norte y estaré eternamente agradecida.

N.del. A: Evito adjuntar imagen alguna porque estos bicharracos además de ser medios nabolettis son feos como ellos solos. 

Hacia la inmortalidad

“Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo”. Éstas son las tres acciones que –según José Martí – toda persona debe lograr antes de morir para transcender.
En mi caso, te cambio el árbol por las plantas de menta y de ciboulette que tengo en el balcón. No es conformismo; simplemente es lo poco que puedo plantar y mantener vivo en un modesto balcón francés.
En cuanto al libro, creo que un blog es la manera moderna y en boga de cumplir con ese objetivo. Con un poco de viento a favor, algún día edite un libro con todas las anécdotas que fui recolectando.
Eso sí: el hijo te lo debo; capaz uno de estos días te sorprenda (creo que nos sorprendemos varios y me incluyo). ¿Estoy ahora habilitada para pasar a la inmortalidad?


lunes, 5 de marzo de 2012

Servicio de información

Hace poco más de un mes, a principios de febrero, en Capital Federal, Gran Buenos Aires y varias provincias del país, nos fumamos una seguidilla de días a pura lluvia, tormentas y complicaciones varias.
Como suele suceder, hubo calles anegadas, el subte funcionaba peor que lo habitual, los colectivos no paraban y, si lo hacían, venían hasta el copete, inundaciones, autos nadando por las calles a la deriva y tantas otras particularidades.
A mí, me agarró en un negocio pero con un par de zapatos aptos para sumergir. Y así fue que me cambié los tacos tan monos que tenía puestos por las zapatillas y emprendí la vuelta a casa. Una cuadra y media antes de llegar, el agua ya me llegaba a la altura de las posaderas. Quiero aclarar que – según las últimas mediciones – el centímetro del nutricionista acusó 1.72 metros de altura. ¡Y eso no es poco!
La noche anterior, una gentil voz me informó por teléfono que se pronosticaban tormentas para esa noche y los días siguientes. Recomendaba que no saliera a menos que fuese estrictamente necesario y que evitara sacar la basura.
Dado que el amable señor hizo la llamada después de las once de la noche y que yo ya estaba enfundada en mis aposentos y maldiciendo a los diez mil demonios porque algún cabeza fresca – entiéndase por esto a madre, padre o hermana – había decidido llamar a en un horario poco decente, no tenía la más mínima intención de salir a ningún lado; menos a la calle.
Hoy – con pronóstico de fumarnos otra seguidilla de días de lluvia – recibí la misma llamada, del mismo gentil señor. Soy sincera: cuando la empecé a escuchar sabía lo que tenía para decirme y corté la comunicación antes de que terminara. Hasta ese momento, me estaba debatiendo entre quedarme en casa o ir al gimnasio. ¡Gracias, extraño de voz sensual! Me quitaste un peso de los hombros: me quedo en casita, disfrutando de este momento y sin el cargo de conciencia por no ir al gimnasio.

¿Con nombre propio?

¿Alguna vez notaron que una persona tiene un nombre y un apellido que la identifica hasta que se convierte en padre o madre? Luego de este punto de inflexión en la vida del ser humano, ese distintivo cambia. Nunca lo había pensado detenidamente; nunca hasta hace muy poquito.
Como ya todos sabrán, tengo una sobrina – Valentina – de casi tres años; como algunos sabrán, soy Profesora de inglés, docente hasta los tuétanos aunque ya no ejerza. Es por eso, por esos vicios de la profesión, que la mayoría de los juegos que tenemos con mi pequeña revoltosa tienen algún fin pedagógico.
Uno de nuestros divertimentos favoritos tiene que ver con los colores. La chiquita cuando se da cuenta de que me van a buscar inocentemente le pregunta a la mamá “¿mamo a cuscar a Dolo?”, y en cuanto me subo al auto pregunta: “¿un ato vede?” Y ya sé que está lista para jugar a nuestro juego llamado ¿Quién ve un auto...? (elegir el color de su preferencia). Así corroboré que sabe los colores y – fundamental – de que no es daltónica ni por asomo. Muchas veces pregunta “¿qué color el ato?” Y si es rojo, le digo que es de otro color y ella dice “nooo, es rojo”. Pero por lo menos yo descanso en que la criatura distingue los colores y sabe que su tía está loquísima.
También le gusta que le cante la canción del tiburón por quincuagésima vez. No es que sea cantante lírica, o que posea una voz privilegiada. ¡Qué esperanza! Cantante de ducha y no pidamos más. Sin embargo, disfruta de mi interpretación y de mis habilidades a la hora de bailar.
Así inventamos varios juegos para pasar el rato cuando viajamos en auto a la casa de mi tía Ale, a la quinta de papá o a la casa de Abi. No es que vivamos en ciudades o provincias diferentes; cuanto mucho nos separan apenas 80 km, pero es lo suficiente para jugar un rato bastante largo.
Durante estos meses de verano, nos estamos viendo bastante y casi todos los sábados y domingos me pasan a buscar para ir a alguno de los lugares mencionados. Un día, ya aburrida de buscar el “ato vede” o de hacer la mímica del tiburón, de cantar la canción de los nombres de los dedos de las manos, le pregunté cómo se llamaba su mamá y su papá. Y aquí surge mi gran asombro.
Ingenuamente le pregunté: “¿y él cómo se llama?” A lo que contestó: “Papá”. “¿Y ella cómo se llama?” “Mamá”, fue su respuesta. Acto seguido le dije: “Nooo, Alejandro Ercoli” y “Victoria Seoane”, en referencia a su papá y a su mamá respectivamente.
Lo que más llamó mi atención fue el instantáneo rechazo que le generó estos dos nombres y que seguía insistiendo en que se llamaban Papá y Mamá; incluso se enojó conmigo por contradecirle. Le costó internalizar que mamá y papá son personas con identidad propia. Ahora me ve y me pregunta cómo se llaman sus padres. Y si le llego a decir cualquier otro nombre me corrige.
Si lo sigo pensando, también ellos son responsables de este cambio de identidad. Muchas veces me sucede que si me llama Papá al celular y me tiene que dejar un mensaje de voz siempre dice: “Hola, Dolo. Soy Papá”. ¡Como si no lo supiera! Si madre me manda un mail firma “Mamucha”. Nosotros, los hijos, les cambiamos su nombre, pero ellos lo permiten gustosos.
Uno cree venir a este mundo para ser un individuo con una identidad propia. Bueno, vayan sabiéndolo: ese será el distintivo particular hasta el día en que sean padres. Después de eso, ya nunca nada será como antes; incluso sus nombres.

jueves, 1 de marzo de 2012

Un plus de positivismo

Atreverse a ser diferente

Hoy fue un día particularmente especial: me tomé el atrevimiento de vivir al revés del resto de los mortales.
Muchos sabrán – y los que no les cuento – que hoy arrancamos el mes con paro de Subtes. Los oriundos de esta ciudad sabemos que eso implica un colapso nacional. Sin embargo, eso no fue todo. ¡No, señores, no!
Ayer me fui a dormir muy cansada y con esa sensación de necesitar un buen abrazo que no había, por otro lado. Pero no importa, sin abrazo, con dolor de cuerpo y con la certeza – gracias a Crónica TV – de que no iba a haber subtes a la mañana siguiente decidí cerrar los ojos y dedicarme a descansar.
Sonó el despertador un rato antes de lo habitual y en ese momento, no sólo persistía el dolor en el cuerpo, sino que San Pedro había decido regar las planta bien temprano a la mañana. Cuando vi la calle mojada, escuché los bocinazos de autos, taxis y colectivos y entendí que el paraguas y el impermeable serían mis compañeros de aventura durante ese día, tomé la firme determinación de evitar que el malestar generalizado me afectara, y dibujar una enorme sonrisa en mi cara a lo largo de todo el día.
Y así fue que salí rauda con mis dos amigos inseparables y llegamos a la estación Belgrano R donde iba a incursionar por primera vez en mi vida en la línea Mitre. Las caras llegaban al piso en la boletería y en el andén. El malestar se incrementó cuando una voz masculina, y bastante hosca por otro lado, anunció que el servicio estaba suspendido. Cinco minutos más tarde “el tren procedente de Drago” estaba demorado. Y llegó nomás pero era una lata de sardinas. Entraron algunos apiñaditos; otros decidimos esperar el siguiente que estaba suspendido y luego demorado y luego llegó. Cartera, paraguas y sonrisa a cuestas entré en el no tan lleno vagón. A las dos estaciones, un asiento se desocupó y una sonrisa se sentó en ese espacio.
Al llegar al Banco todo era quejas, comentarios, vituperios en los pasillos, en el comedor, y en Facebook. Yo, por mi parte, feliz de poder seguir con una sonrisa y sin ganas de quejarme.
La vuelta fue más o menos lo mismo. No había subtes, tampoco había ganas de caminar hasta Retiro, pero sí había muchas personas para subir al 152. Y subí, otra vez con una sonrisa. Llegué bastante rápido teniendo en cuenta el tránsito que había; me senté al rato; la sonrisa no se borró en todo el recorrido de mi cara. Pero, ¿saben qué aprendí? No hay nada mejor que ir al revés de la corriente y poder sonreír a lo largo de todo el día cuando no se ven más que ceños fruncidos, estados de Facebook quejumbrosos y mala onda a diestra y siniestra. Eso, no tiene precio para todo lo demás existe Mastercard.